Recuerdo sobre todo, el olor a goma de borrar, a borrador como decíamos entonces.
La primera vez que fui a la escuela, me llevo mi madre con cuatro años al colegio del Matadero, a parvulitos, los muchachos pasábamos por una puerta que decía “Niños” y las muchachas pasaban por otra en la que figuraba la inscripción: “Niñas”.
La maestra se llamaba La Señorita Isabel, que era de Zaragoza y vivía de alquiler en la calle Oceanía en la casa de Eustasio el Gejo, enfrente del kiosco de la música y era muy buena mujer, muy cariñosa y no pegaba. Nos daba lección en la cartilla Palau (método foto silábico) y a mi me resultaba muy extraña, la cartilla digo, por que mi abuelo me enseño a leer en el Ya y no se por que motivo era incapaz de asociar las imágenes con las letras. Por aquellos años vivíamos en la calle de las Isabeles y mi padre tenia un comercio y antes de ir a la escuela le tenia que llevar a mi padre los bollos para la tienda de casa de Pedrero y me los despachaba Evelio, siempre con sombrero cogía los bollos de dos en dos y me los echaba en el saco a la vez que los iba contando, después de llevarle los bollos a mi padre esperaba que fuera Angelete a buscarme y nos íbamos al colegio, a mi clase iban: Bomper, Adolfo Montañés y la gente del barrio ese, casi todos agricultores, Telesforo, Antonio, que su padre miraba de asiento y señalaba pozos, Luis el Gejo, el que está en la gasolinera, tenía la polio y le tenían que hacer ejercicios en una mesa de matanza sujetándolo con un arnés de cuero y lloraba mucho; Josesete el Romanero, en fin, todos mayores que yo.
Teníamos que ir los sábados a la escuela, nos juntaban a todos en el patio y un alumno de los mayores se subía en un bloque de piedra muy grande y nos leía el “evangelio para mañana” y después cantábamos el himno y el “Cara al Sol”. Ese año, el primero de mi vida académica, cortaron los árboles del patio del colegio y a mi me pusieron gafas, pasando de ser “Paquito” a “Gafitas” (cuatro ojos capitán de los piojos), pero eso es otra historia…